sábado, 3 de abril de 2021

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA


Consideradas a veces las obras anteriores a Cien años de soledad como acercamiento o tentativa de la gran novela que habría de llegar, cada vez más la crítica subraya el valor que, en sí mismos, poseen esos títulos tempranos, que no primerizos, de García Márquez, por encima de los elementos que los conectan con su gran novela. 

Tal es el caso de El coronel no tiene quien le escriba, segundo de sus libros. «Sería un error descartarlos como intentos frustrados; particularmente El coronel no tiene quien le escriba es una pequeña obra maestra del estilo condensado de García Márquez» (José Miguel Oviedo). 

Con todo, y dada la fuerza del mundo macondino del autor, es difícil sustraerse a señalar semejanzas y diferencias entre ambos títulos. 

En El coronel no tiene quien le escriba ya hay un germen de desmesura, concretamente en lo que al tiempo se refiere (esa larga espera del protagonista por su pensión siempre demorada); está, desde luego, el tema de la soledad; las reiteraciones de ciertos elementos, las guerras como telón de fondo, el simbolismo de algunos objetos (o animales: el gallo, que es la herencia del hijo muerto). 

El lenguaje, sin embargo, es sobrio, contenido, y el relato casi en línea recta, aunque el peculiar sentido del ritmo, las interminables idas y venidas del protagonista, que provocan una cierta obsesión en el lector, resulta fundamental y confiere carácter a esta novela que ha sido llevada al cine recientemente, y con acierto, por el director mexicano Arturo Ripstein, con la actriz española Marisa Paredes en el papel de la paciente mujer del coronel.

 

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